24D

El día de la noche de navidad, el día del silencio total en las casas, el día de: “vamos a prepara chocolate caliente para el frío”, el día en que en las calles no hay ni una sola alma (a menos que estés en la capital), el día en que llueve y hace mucho frío sin explicación alguna, el día de: “Apúrate, porque en la noche nos vamos a cenar con tus abuelitos”.

Siempre he pensado que la celebración de la navidad no tiene razón de ser, solo es una lujosa cena donde ves, en muchos casos, a famliares que no ves desde la cena navideña del año pasado, y con los cuales no tienes absolutamente nada de qué hablar, además, el hecho de querer estar con la familia y desearle el bien a todos en esta fecha específica, sin importar quién sea, solo me hace pensar en una palabra: Hipocresía. Hipocresía pura y barata, porque sí, he pasado navidades rodeado de tíos y primos que perfectamente pasarían por desconocidos para mí, he pasado navidades viendo cómo dos hermanos (adultos) que se pelean durante todo el año, estos días son de nuevo los mejores hermanos, para volver a pelear durante todo el próximo año, y así, por los siglos de los siglos.

Lo sé, sueno como un “Grinch” de primera clase, el mejor y mayor de todos, pero no lo soy, o eso creo, simplemente he notado que estas cenas, navideñas, familiares, llenas de amor y buenos deseos, podrían ser hoy, ayer, mañana o cualquier otro día en el año. No necesitamos, y me incluyo, que se acerquen fechas de este tipo para querer pasar tiempo con la familia, esto puede ser cualquier día, en cualquier momento. Esa es la verdadera “magia” de la navidad, tiempo para reflexionar qué hicimos mal, qué hicimos bien, con quiénes lo hicimos, a quiénes les debemos una disculpa, a quiénes deberíamos considerar perdonar, qué cosas podemos mejorar en nosotros y en nuestro entorno y mejorarlas, no desear hacer las cosas, sino verdaderamente hacerlas.

Y, mientras escribo qué deberíamos hacer todos, yo también me doy cuenta de lo que debo hacer, decir o perdonar: hacer las cosas que siempre he querido hacer pero nunca he hecho por pensar en el “qué dirán”; decir absolutamente todo lo que llegue a mi mente, siempre y cuando no esté en el lugar incorrecto para decirlo (ya sé, muy político el asunto); y perdonar, comenzar por perdonarme a mí por lo que no conseguí durante todos estos meses y perdonar a las personas que, de una u otra manera, me hicieron crecer con sus actitudes.

En fin, en esta navidad no les deseo una cena lujosa, ni que Santa les traiga los juguetes que pidan, ni que estén rodeados de familiares con los que lo único que tienen en común es el apellido, les deseo (y es casi una orden) que tomen tiempo para ustedes y que reflexionen todo lo que hicieron, lo que dejaron de hacer y lo que deberían estar haciendo, aprovechar esté parón para, a mí manera de ver las cosas, cumplir el objetivo de la época navideña, hacer crecer a las personas creciendo tú mismo primero. Y así seguir, por los siglos de los siglos.

Diego Peña.

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